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Sermón 05: ¿Dónde está tu Hermano?

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Sermones Actuales
Por Antonio Cruz

05 ¿Dónde está tu Hermano?

Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel su hermano?
Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?
Y él le dijo: ¿Qué has hecho?
Gn 4:9-10.

ESQUEMA

1. Uno se llama Caín y el otro Abel.

2. Abel es pastor y Caín labrador.

3. Diversas interpretaciones.

3.1. El apóstol Juan.
3.2. Ambrosio.
3.3. Nicolás de Lira.
3.4. Francisco de Quevedo.
3.5. De Vaux.

4. Dios no había rechazado a Caín.

5. Caín se deja llevar.

6. El mensaje de Abel.

Contenido

Hay una cuestión que ha venido traspasando los milenios de la Historia y que todavía hoy sigue sin respuesta: ¿Dónde está Abel, tu her­mano? ¿De dónde brota la violencia que aniquila la vida humana? ¿Por qué resulta tan tristemente cierto el adagio latino: homo homini lupus, es decir, el hombre es un lobo para el hombre? Son preguntas inevi­tables que, por desgracia, estuvieron y están siempre de actualidad. El autor del Génesis se plantea aquí esta misma cuestión, en relación con la historia de Caín y Abel.

1. Uno se llama Caín y el otro Abel.

Ya el nombre de estos primeros hermanos es suficientemente significativo: Caín significa ‘adquirido o lanza’; en cambio, Abel significa ‘soplo, vacío, algo sin consistencia’. La vida de Abel fue efímera, sin descendencia y casi sin tiempo. Por eso, cuando el salmista dice en el Salmo 39:6: Ciertamente como una sombra es el hombre, podría decirse también: “como un Abel es todo hombre”. Y, cuando el Eclesiastés afir­ma: Vanidad de vanidades, es como si dijera “soplo de soplos, Abel de Abeles”. En el Antiguo Testamento, Abel es pues el prototipo de un ser malogrado por la violencia.

2. Abel es pastor y Caín labrador.

En el texto se dice que Abel fue pastor y Caín labrador. Comienza así una división cargada de consecuencias. Una división de cultura que va a provocar también la división de culto. Las ofrendas van a ser colocadas sobre dos altares distintos, lo que supone ya la ruptura de la fraternidad humana. Los dos hermanos rindieron culto a Dios por separado. Esto ya fue una señal poco tranquilizadora. Cuando los hermanos desean alabar a Dios “por separado”, pero no están dispues­tos a hacerlo juntos, es que algo grave está ocurriendo. Quizá, que la desavenencia ha germinado ya antes en el corazón. ¡Cuántos altares diferentes sabemos construir bajo el pretexto de las denominaciones!

Cultura y culto están íntimamente unidos: el labrador ofrece frutos vegetales y el pastor ofrece animales. Pero lo más difícil de este relato, lo inesperado, aquello que sorprende e inquieta, llega con el texto: Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya (v. 4-5). ¿Qué clase de discrimina­ción era ésta? ¿Por qué reaccionó Dios de esta forma tan aparente­mente injustificada?

3. Diversas interpretaciones…

Los numerosos comentaristas de este pasaje han intentado deter­minar la causa del rechazo de la ofrenda de Caín. ¿Qué hizo mal Caín? ¿Cuándo pecó contra Dios? ¿Antes, durante o después de la ofrenda? Veamos algunos comentarios que pueden darnos luz:

3.1. El apóstol Juan, en su primera carta, nos dice (1 Jn 3:12): Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas y las de su hermano justas.

3.2. Ambrosio, uno de los padres de la Iglesia, comenta: Doble fue la culpa de Caín, primero que ofreció con retraso; segunda que ofreció de los frutos, no de las primicias.

3.3. Nicolás de Lira dice: Caín ofreció de los frutos peores y estropeados. Abel ofreció de los mejores animales.

3.4. Y el propio escritor español Quevedo en sus versos a Caín escribe:

Más te debe la envidia carcomida,
Caín, que el mismo Dios que te dio vida,
pues le ofreciste a Él de tus labores,
de tus mieses y plantas las peores,
y a ella le ofreciste con tu mano
la tierna vida de tu propio hermano.

Lo cierto es que el texto de Génesis no explica claramente por qué Dios acepta el sacrificio de Abel y rechaza el de Caín, más bien da a entender que Dios es libre para aceptar o rechazar los sacrificios según su propio criterio porque conoce el corazón humano. Sabe que sus obras eran malas. En el libro del Éxodo podemos leer: …y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente (Ex. 33:19). ¿Quién puede pedirle cuentas a Dios? Está claro que los criterios de Dios no siempre coinciden con los del hombre.

3.5. De Vaux comenta que en Israel, el preferido de los hijos era siempre el primogénito: La regla fundamental en el Antiguo Testamento es que sólo los hijos varones tienen derecho a la herencia. Entre ellos, el mayor tiene una posición privilegiada y tiene doble parte de los bienes paternos (De Vaux, 1985).

Pues bien, a veces Dios tiene otros planes. Planes que no siguen nuestros pensamientos, nuestras tradiciones, ni nuestras costumbres. Precisamente por ser el menor, el considerado menos digno, el segun­dón, Dios elige a Abel. Es curioso que esta no será la única vez que esto ocurrirá, encontramos otros ejemplos: Dios prefirió a Isaac antes que a su hermano mayor Ismael, a Jacob antes que a Esaú, a José por encima de sus hermanos mayores, a David, que llegó incluso a ser rey. Dios no mira la grandeza externa, las tradiciones humanas o los derechos de primogenitura, sino lo que hay en el corazón de los seres humanos.

Si vamos al Nuevo Testamento, en el libro de los Hebreos, podemos leer: Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín… Parece que la fe le llevó a ser más generoso y esta generosidad es la que Dios miró. Caín no acepta esta decisión de Dios y de ahí arrancan todos sus males. Es el mayor, tiene un nombre más ilustre que su hermano, sigue en el mismo oficio de su padre, ha nacido con ayuda del Señor, ¿por qué tiene que ser pospuesto a su hermano menor? ¿Por qué su sacrificio tiene que ir en segundo lugar? Caín se enfureció contra Dios y contra su propio hermano.

4. Dios no había rechazado a Caín.

No podemos decir que Dios hubiera rechazado a Caín, incluso le dedica más atención que a Abel. Caín seguía siendo el primogénito de la preocupación divina: ¿Por qué te has enfadado y por qué ha decaído tu semblante? (v. 6). La cara es el espejo del alma, y el estado de ánimo se refleja en ella. Caín no puede ocultar los pensamientos, la envidia y el odio que abrigaba su alma. Y, en esta situación, Dios le da un consejo; la primera instrucción moral de la Biblia dada al hombre la tenemos en el versículo siete: Si bien hicieres ¿no será enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.

Esta enseñanza es válida para toda la humanidad: ¿quién debe dominar: la pasión desordenada o el sentido humano…? Por el pecado de la envidia diabólica se cometió el primer asesinato de la Historia. De ahí que el evangelista Juan diga que el diablo ha sido homicida desde el principio (Jn. 8:44). Igualmente Santiago 1:15 afirma que la concupiscencia (es decir, el deseo) concibe y da a luz el pecado, y el pecado siendo consumado, da a luz la muerte.

5. Caín se deja llevar

Caín se deja arrastrar por la pasión y por el deseo de venganza. Concibe el crimen porque está preñado de maldad y da a luz la muerte. Ambrosio, a quien ya hemos citado antes, lo expresó magistralmente así: ¿Qué significa ‘Salgamos al campo’, sino que escoge para el fratricidio un lugar donde no se engendra? ¿Pues dónde se iba a matar al hermano, sino donde faltan los frutos? No dice: vamos al paraíso, al huerto donde florecen los manzanos. Los fratricidas rehuyen los ambientes benignos: el ladrón rehuye el día como el testigo de cargo, el adúltero se avergüenza de la luz, el fraticida huye de la fecundidad.

Si todos los hombres somos hermanos, todo homicidio es fratricidio. Sin llegar al homicidio, debemos reconocer que en muchas ocasiones el odio sigue estando todavía hoya la puerta de cada uno de nuestros hogares. El odio puede nacer o manifestarse en forma de rencor, de antipatía, de desprecio, de despreocupación o de rivalidad. En una palabra, de no aceptar el puesto o la función del hermano. El rencor, en el fondo, puede ser la expresión de una conciencia de inferioridad. Es el intento de suprimir, de forma imaginaria, a quien no podemos eliminar en la realidad, con nuestras propias fuerzas. Ortega y Gasset escribió en 1914, en sus Meditaciones del Quijote: Lleva en nuestra fantasía aquél por quien sentimos rencor, el aspecto lívido de un cadáver; lo hemos matado, aniquilado, con la intención.

Dónde está Abel, tu hermano? ¿Dónde está Juan, Pedro, José, María, nuestros hermanos? ¿Los hemos eliminado ya de la conciencia? ¿Amontonamos sus cadáveres en algún oscuro rincón del alma? ¿Hemos dejado de ha hablarles, de relacionarnos con ellos? ¿Vivimos como sí de verdad estuvieran muertos?

Caín mintió descaradamente y con increíble desfachatez respondió a Dios con otra pregunta: ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Es como si dijera: “Guardar es oficio más bien de pastor y yo soy labrador, ¿le toca guardar a un labrador? ¿He de ser yo el que guarde al que guarda el ganado?”. Caín no había querido entender que la responsabilidad ante Dios es responsabilidad por el hermano; que el hermano mayor debe cuidar del hermano menor; que es imposible amar a Dios cuando se desprecia o se abandona al hermano. Pero Dios responde: La voz de la sangre de tu hermano clama o mí desde la tierra (versículo 10).

La sangre derramada siempre clama al cielo y demanda justicia. Por eso los homicidas procuran “echar tierra” sobre las pruebas del delito. La voz de las fosas comunes y los enterramientos masivos de la His­toria puede apagarse en los oídos humanos, pero el Dios creador sigue oyendo y a su tiempo hará justicia. Según la Biblia, la sangre y la vida sólo pertenecen a Dios y a nadie más. Cuando el hombre asesina se entromete en la más estricta propiedad divina y rebasa con mucho sus propias atribuciones.

6. El mensaje de Abel.

En este relato Abel no pronuncia una sola palabra: trabaja, ofrenda, calla y es víctima inocente. Sin embargo, su ejemplo sigue gritando desde estas páginas, prestando su voz a todas las víctimas inocentes de la historia humana, y continúa denunciando el odio, el rencor y la violencia fratricida.

En una época individualista y narcisista como la que vivimos, ¿cuál puede ser el mensaje de esta historia? ¿Qué significa hoy ser guarda del hermano? El mandamiento supremo de Jesucristo nos da una vez más la respuesta: Amaos unos a los otros como yo os he amado. Cuando predo­mina el amor, como dice Proverbios, se cubren todas las faltas (10:12), to­das las discrepancias, desavenencias y rencores. ¿Por qué? Pues porque el auténtico amor no tiene envidia. El verdadero amor no puede gozarse de la injusticia, sino de aquello que es verdadero. El amor se traduce en servicio mutuo, en solidaridad, comprensión y perdón.

Como Pablo escribe a los filipenses (1:9): Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento. El amor entre los hermanos puede crecer cuando hay conocimiento e in­terés de los unos por los otros, en una palabra, cuando hay “delicadeza cristiana”.

El mensaje de Abel nos exhorta a que resucitemos esos cadáveres imaginarios que hemos ido enterrando a lo largo de nuestra vida. Se nos demanda que les devolvamos a la existencia por medio de este amor que no tiene envidia; que volvamos a entablar relaciones más maduras de amistad y comprensión; que entendamos, de una vez, que somos un pueblo y que como tal hemos de responder delante de Dios y e los hombres. Las desavenencias en el seno de la Iglesia, los enfados y las rupturas de relaciones entre los hermanos, sólo contribuyen a desacreditar el reino de Dios en la Tierra. Los cristianos no estamos aquí para eso, sino para todo lo contrario, es decir, hacer de la diversidad y de la diferencia, unidad en el Señor. Nuestra misión será siempre pro­curar hacer de tantos altares separados, un único altar de unidad.

¿Por qué no nos decidimos a dar el primer paso, cada uno de noso­tros, para acercarnos a ese hermano Abel, que hemos dejado olvidado, o incluso le hemos dado por muerto como si ya no existiera? ¿Porqué no le decimos: perdóname, quiero volver a ser tu hermano en el Señor?

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