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Sermón 11: La Bendición Sacerdotal

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Sermones Actuales
Por Antonio Cruz

11 La Bendición Sacerdotal

Jehová te bendiga y te guarde.
Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia;
Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz.
Nm. 6:24-26.

ESQUEMA

1. ¿Qué es una bendición?

1.1. ¿Algo mágico?
1.2. ¿Es un gesto?
1.3. El final del culto.
1.4. Verdadero significado de la bendición.

2. El rostro de Dios y nuestro.

3. La paz de Dios y nuestra.

4. El don del tiempo.

CONTENIDO

En el libro de Números encontramos una petición extraordinaria. Se trata de la oración empleada por los sacerdotes cuando bendecían al pueblo de Israel, en nombre de Jehová, y alzaban sus manos a la altura del rostro, dirigidas hacia la muchedumbre. Me gustaría que estas palabras del Antiguo Testamento fuesen también como una bendición muy especial para cada uno de nosotros. Algunos cristianos hoy tienen también la costumbre de saludarse y despedirse con la palabra “bendición” o “bendiciones”. En general, se trata de un término que denota el otorgamiento de algún don. Pero, profundicemos más en tales términos bíblicos.

1. ¿Qué es una bendición?

¿Qué significado puede tener hoy la bendición sobre nuestra vida? ¿Se trata de una especie de conjuro casi mágico capaz de afectar la existencia del ser humano o es un simple saludo sin mayor trascendencia?

1.1. ¿Algo mágico?
Para muchos, la idea de bendición puede ir asociada a algo fantástico y misterioso que tiene relación con el mundo de la superstición. Se trataría, por tanto, de una palabra que trae buena suerte o, cuanto menos, aleja la mala fortuna.

1.2. ¿Es un gesto?
La idea de bendición se refleja también en ese gesto visible de Dios, que se ha hecho tradicional en el Pantocrátor, es decir, en la representación de Cristo como Dios todopoderoso. Gesto representado mediante la mano, que con dos dedos juntos se alza sobre todo el que la observa. Icono, fijado en el arte bizantino y en el románico, que representa a Jesucristo en los ábsides o las cúpulas de tantas catedrales católicas y ortodoxas.

1.3. El final del culto.
Quizá a otros, el término “bendición” les recuerda esas palabras del pastor al final del sermón, que ponen fin a un culto más o menos entretenido o provechoso. Incluso alguno, a veces, se da prisa por marcharse entre los primeros y la bendición le cae sobre la espalda, mientras la cara ya está vuelta hacia la salida.

1.4. Verdadero significado de la bendición.
Sin embargo, la bendición ocupa un puesto de relieve en la Biblia. Es como una comunicación de vida por parte de Dios. Y con la vida viene el vigor, la fuerza o el éxito que traen la paz de la mente y la paz con el mundo. Donde mejor se aprecia el sentido real de la bendición es en el libro del Génesis. El relato de la Creación está marcado con tres bendiciones del Creador:

a. Dios bendice las aves y los peces. Es significativo que la bendición vaya acompañada de la orden, fructificad y multiplicaos. Lo cual demuestra que en los planes de Dios la bendición está ligada a la vida y a la fecundidad.

b. Dios bendice el día séptimo. Así, el día de descanso se convierte en fuente de vida y de crecimiento.

c. Finalmente, Creador bendice sobre todo al ser humano creado a su imagen: … varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos. (Gn. 1:27-28).

La bendición inicial penetra la vida en su ritmo incesante de concepción, nacimiento y muerte. Solamente Dios tiene el poder de bendecir, porque sólo Él puede dar vida. El hombre, cuando lo hace, bendice en nombre de Dios, como representante suyo, pero no es lo mismo. El “bendecir” del hombre es un mero “bien-decir”, ya que nuestra palabra sólo tiene poder para invocar; pero el “bendecir” de Dios es un “bienhacer”, un auténtico “bene-ficio”. Evidentemente nuestras bendiciones no son como las de Dios.

El ser humano puede engendrar vida transmitirla, pero es incapaz de crearla a partir de la nada. Típica es la oración de bendición sobre la mesa, ya presente en el Antiguo Testamento, pero el israelita no bendice pan, vino o los frutos de la tierra. No tendría sentido una cosa así. Bendice a Dios, es decir, alaba a Dios por los dones que hay sobre la mesa. Bendecir la mesa con los alimentos que contiene es un error. Al orar delante del sustento diario lo que hacemos, en realidad, es alabar al Creador por su obra que nos permite seguir viviendo. Pero nosotros no podemos bendecir como lo hace Dios, pues no podemos crear absolutamente nada nuevo.

2. El rostro de Dios y el nuestro.

¿Cómo puede el rostro de Dios resplandecer sobre alguien o mirarlo con agrado? Se trata de un símbolo de complacencia por parte del Creador, de una actitud amigable de favor y de gracia hacia el hombre. La luz del rostro divino significa su presencia iluminadora. La faz de la divinidad brilla sobre el ser humano cuando la existencia de éste es iluminada por la palabra y por la voluntad de Dios. Descubrir su rostro quiere decir, por lo tanto, recuperar nuestro auténtico rostro, darnos cuenta que somos hijos, no esclavos. Hemos sido liberados de las cadenas de la ley para movernos en el mundo, según el código del amor. Ser hijos de Dios comporta una mentalidad de hombres libres, y esto implica un rostro que manifieste nuestra condición.

Debemos procurar renovar también nuestro propio rostro porque cada uno de nosotros, lo queramos o no, es responsable de su propia cara. No se nos ha asignado, sin más, un rostro que simplemente debemos llevar, nos guste o no, sino que se nos ofrece la posibilidad de tener una identidad personal. El rostro lo construimos poco a poco a lo largo de toda la vida; lo merecemos, no lo heredamos. Sería tonto decir: “No puedo hacer nada por cambiar, esta es mi cara y yo soy así”. Alguien ha dicho que, hasta los veinte años, tenemos el rostro que Dios nos da y a partir de esa edad el que nos merecemos. Por tanto, a pesar de lo que pueda aportar la herencia genética, se podría decir que la cara depende de mí, es responsabilidad mía, soy yo su artífice. No es cuestión de disfraz, ni tampoco de cirugía plástica. Porque el rostro al que nos referimos se forma desde dentro. Muchos rostros no son verdaderos, ya que están distorsionados, porque se fabricaron, o se rehicieron, desde fuera. Sin embargo, el rostro auténtico se forma desde dentro: Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti. Cuando la luz del rostro de Dios ilumina la vida de la persona, rostro lo manifiesta, ya que la cara es el espejo del alma.

El cristiano debe ser un rostro que busque otros rostros, porque, al fin y cabo, los encuentros que cuentan son los que se dan entre rostros. Ciertas personas, que a lo mejor están a sólo unos centímetros de distancia, resultan inalcanzables porque no arriesgan el rostro, no se exponen. Presentan una cara enmascarada, protegida, casi escondida detrás de una careta. En estos casos, es muy difícil la comunicación sincera pues lo que aparece es la desconfianza, el instinto de defensa o la hipocresía. Cuando esto ocurre, por culpa de las desavenencias, de los malos entendidos, de los errores propios o ajenos, de la incomunicación, entonces se apartan los ojos del rostro del hermano. Y esto es lo peor que nos puede ocurrir porque, con la indiferencia, borro el rostro el otro y lo ignoro como si no existiera.

No debemos permitir que esto ocurra. Es necesario que como cristiano desmantele urgentemente mi rostro agresivo y hostil contra cualquier otro rostro. Debo liberarlo de todo instinto de dominio, de posesión o de querer utilizarlo para mis propios intereses. Tenemos la obligación de restituir la transparencia, la simplicidad y la acogida. Hay que echar mano del diálogo, de la conversación, del intercambio de ideas y opiniones, del sometimiento a la Palabra de Dios y de la concordia. Porque un futuro de paz no puede ser más que una auténtica “comunión de rostros”.

3. La paz de Dios y la nuestra.

Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz. Los rabinos judíos decían que “la paz es el sello de todas las bendiciones”, Los cristianos también estamos llamados por Evangelio a ser pacificadores. Pero, ¿qué es tener paz de Dios? ¿Qué es promover la paz? Pues es actuar de tal manera que los seres humanos se digan “sí” los unos a los otros. La paz es el «sí” de la aceptación de cada ser humano como hermano, como prójimo; mientras que la guerra es el uno” del rechazo, de la exclusión del semejante, incluso a veces con la ayuda de las armas.

En ocasiones se cae en el error de pensar que la paz es un asunto del que sólo deben ocuparse los grandes de la tierra: políticos, jefes de Estado o militares. O que la paz sólo tiene que ver con vaciar arsenales atómicos, desmontar misiles, destruir armas nucleares o realizar complejos acuerdos diplomáticos. Pero no es así; no podemos delegar la paz en los poderosos. La paz es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los jefes. La paz necesita del trabajo de los pequeños individuos, de los ingenuos, de los “don-nadie”, de las personas que no cuentan. La paz nos debe movilizar a todos sin distinciones. Cada ser humano puede ser declarado “útil” para las operaciones de paz. Cada uno de nosotros debe salir a campo abierto y afrontar al enemigo a golpe de perdón, tolerancia, comprensión, respeto, paciencia, bondad, confianza y estimulo.

Se trata de hacer callar los sentimientos los deseos de venganza, de no dejarse alistar para batallas polémicas, de mantenerse a distancia del chisme y las murmuraciones, de evitar las trampas de la mezquindad del egoísmo. Promover la paz, es también cortar las alambradas de los prejuicios. Ya lo decía Einstein amargamente: Vivimos en una época en la que es más fácil romper un átomo que un prejuicio; cortar igualmente la alambrada de las discriminaciones de todo género, y unir los hilos del diálogo, del entendimiento, con lo diferente o lo lejano. Es inútil quejarse constantemente de que en el mundo no hay paz, lo importante es reconocer, más bien, que quizás falte un pequeño trozo de paz: el tuyo o el mío. Porque ser pacificador es precisamente esto: estar dispuesto a decir “sí” a aquel rostro que nos provoca instintivamente el deseo de decir “no”.

En la tradición judía, la bendición tiene su equivalente en el saludo. En este caso, bendecir significa saludar. “El Señor esté contigo” es una fórmula bastante frecuente, pero el «saludo-bendición” más habitual es “shalom”, paz. Se trata de una buena manera de actuar. Cuando nos relacionemos, coloquemos el saludo en una perspectiva de paz. ¡Te deseo la paz, pero yo, por mi parte, me comprometo a ser persona de paz para ti! ¡El Señor se fije en ti y ponga en ti paz!, también a través de mí.

4. El don del tiempo.

Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré. Cuando el sacerdote ponía el nombre de Jehová sobre Israel estaba reconociendo que el pueblo pertenecía a Dios, y que quién tenía el nombre de Dios sobre Él podía estar seguro de ser bendecido.

La bendición es una palabra que quiere decir esto: todo viene de Dios y todo debe volver a él. Lo cual significa que el tiempo no nos pertenece, ya que es un don que recibimos cada día, de parte de Dios. La vida nos es dada, no es propiedad nuestra. Simplemente nosotros la recibimos continuamente de las manos de Dios; y si el tiempo es un don, no nos es lícito perderlo o emplearlo en vanidades o rellenarlo de vacío, malgastándolo a nuestro capricho, debemos reconocer y aceptar su valor. Esto implica que lo utilicemos para cosas dignas del ser humano.

Igual que el pan, también el tiempo ha de compartirse. En vez de perderlo o utilizarlo de forma egoísta, es necesario que aprendamos a hacer de él un verdadero don. Hay gente a nuestro alrededor que espera no tanto cosas, cuanto un poco de nuestro tiempo, de nuestra atención. En ocasiones, con la prisa y la indiferencia, robamos ese tiempo a que tiene derecho el prójimo. Porque el tiempo no es mío sino que es también del hermano. Cuando con demasiada prisa me justifico y digo: “no tengo tiempo”, olvido una cosa: puedo no tener “mi” tiempo, pero queda un tiempo que no es sólo mío y que pertenece al otro, y este tiempo se lo debo dar, se lo debo restituir.

¡Que el Señor nos siga comunicando vida, nos siga bendiciendo, que su rostro ilumine nuestra existencia y renueve el nuestro, para que nunca apartemos los ojos del rostro del hermano y haya, así, “comunión de rostros”! ¡Que por medio de su paz nos haga auténticos pacificadores y aprendamos a compartir el tiempo con los demás!

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