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Dios, los antiguos griegos y los mitos modernos

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Dios, los antiguos griegos y los mitos modernos
Por Dr. Les Thompson
(Tomado de su libro Más que Maravilloso)

Lo que sigue es parte de la Introducción. Lo reproducimos aquí por ser una parábola tan acertada de nuestros días y una llamada como de clarín para despertar a la Iglesia de su adormecer espiritual.

¡Qué fantástica es la imaginación del hombre! Con la mente puede crear mundos enteros que no existen y poblarlos de gente extraordinaria que carece de vida.

Los griegos, con toda su mitología, dan amplio testimonio de esta habilidad creativa. Con la invención de sus innumerables dioses, los escritores de la antigua mitología —como Aeschylus, Eurípides, Pindar y Homero— transformaron al mundo en que vivían.

A ese mundo lleno de temor a cuenta de lo desconocido, esos hábiles escritores lo sembraron de mitos, calmando sus conciencias con la fabricación de dioses de variada belleza. Cierto es que los griegos nunca supieron a dónde Zeus iba a lanzar el siguiente rayo, pero llegaron a persuadir a la población de que esa plétora de dioses inventados eran, por lo general «gente buena», por tanto, no tenían nada que temer. Así vivían, con su confianza depositada en lo inexistente.

¡Qué fenómeno tan interesante! La gente más adelantada del mundo antiguo depositando su fe en seres imaginarios y en ideales que no tenían base en la realidad.

Hoy ni nuestros escritores ni nuestra «realidad» son muy distintos. Los primeros siguen imaginando y creando mitologías. La segunda continúa siendo vestida con hermosos atuendos de incoherencia absoluta. La ventaja que tienen los modernos sobre aquellos griegos es que sus obras más exitosas son compradas por Hollywood para luego aparecer en gigantescas pantallas cinematográficas.

Y nosotros, en vez de escuchar los novedosos relatos de labios de un bardo itinerante, nos sentamos en sillas cómodas en un cine —climatizado, por supuesto— y vemos los mitos cobrar vida, a todo color, electrónicamente, en cinemascope y con sonido estéreo.

¿Quién puede pedir más que las maravillas de la nueva versión de Guerra de las galaxias? Pagando unos pocos pesos, así de fácil, podemos entrar al cine donde imaginariamente montamos en la nave Estrella Real Naboo, y con Lucas Skywalker y Ben Kenobi llegar pronto a las lejanas galaxias para emprender batalla contra el diabólico Darth Maul. Con la ayuda del anfibio Jar Jar Binks (¡qué feo lo hicieron!), con los increíbles y bien armados soldados droides, con el gracioso TC-14, y el invencible Obi-Wan Kenobi. Llegamos al colmo de que nos creemos guerreros victoriosos.

Ah, pero no nos olvidemos del maestro —Yoda— el más antiguo miembro del Alto Concilio y que tiene 800 años de estar acumulando sabiduría. Es él quien nos anima a poner nuestra fe en el poder y sabiduría de la FUERZA —una misteriosa, omnipresente, y sutil energía impersonal que está presente en todo lo que tiene vida. Esa fuerza que —digámoslo de una vez— sustituye a Dios, brinda poder telequinético y habilidades para saber cosas futuras, las del pasado, y hasta lo que otros están pensando.

Del cine salimos olvidándonos que lo que vimos durante esas dos horas y media fue pura mitología, todo —de principio a fin— la fabricación de una fértil imaginación, produciendo a todo color, como hemos dicho, a un mundo que no existe, poblado de gente sin vida, y formulando normas de conducta sin base en la realidad. Tan absortos y satisfechos quedamos con la idea de una fuerza allá en el universo, que sentimos, aun si no es real, que lo fuera. Así de fácil despedimos al verdadero Dios para prendernos de un inexistente producto, invento de los mitos modernos.

De algo parecido pudiésemos hablar respecto a muchas películas. En gran parte, son ellas las que hoy establecen las pautas del pensamiento popular. De ahí nacen nuestros conceptos del amor. De ahí brotan nuestras ideas acerca de la felicidad. De ellas sacamos los propósitos de la vida. Lo trágico es que en lugar de seguir lo que es la realidad, nos convertimos en simples seguidores de mitos que sustituyen la verdad.

¿Se acuerdan de El mago de Oz? Otro famoso mito de nuestros tiempos. Al final de una larga búsqueda, Dorotea con sus amigos llegan al palacio. Son llevados al majestuoso trono del mago y tiemblan ante su poderosa presencia. Las luces destellan y la poderosa voz de trueno los cubre. Son aterrorizados. Pero entonces Toto, el perro de Dorotea, abre la cortina con sus dientes. Al instante se dan cuenta que detrás de toda una fantástica maquinaria hay solo un mero ser humano. El mago es desenmascarado. Dorotea lo acusa de ser un deplorable y deshonroso individuo. A lo que este contesta que es muy buen hombre, pero muy mal mago.

Lo interesante es que en esa obra el mito se «desconstruye» —esta es una de las nuevas expresiones del postmodernismo— quizás causándonos aun más desilusión que si se hubiera dejado tal como se pensaba que era. Ojala todas las películas tuvieran la misma honestidad de aclarar su propio engaño.

Voy, sin embargo, a otro efecto aun más dañino. Si lo sentido allí en el cine, ante una obra tan finamente elaborada, no es cierto, ¿dónde está la realidad?

Sentimos ese vacío, esa desilusión pues la mitología moderna ha producido su fruto. En lugar de querer y apreciar al verdadero Dios de los cielos y lo que Él pide de nosotros, ahora nuestros mitos han despertado apetitos falsos. Nos agradan y satisfacen los nuevos planteamientos que brotan de personajes y situaciones ideadas tras la pantalla —un mundo libre, sin leyes, sin prohibiciones, dedicado solo a satisfacer los más exóticos y eróticos deseos que sentimos.

Por ejemplo, una FUERZA impersonal nos parece preferible al Dios real de la Biblia, que condena el pecado y nos asusta con imágenes del infierno. Después de todo, una FUERZA impersonal no demanda obediencia, ni establece normas de conducta, ni determina lo bueno o lo detestable, ni castiga, ni recompensa. ¡El mito es mil veces preferible!

He aquí el dilema que enfrentamos: más apelativo, creíble y aceptable es una producción de Hollywood que los 66 libros de la Biblia. Más real nos lucen los protagonistas de las películas que las personas de las que habla la Biblia. Más gustoso y preferible el permisivo credo de los artistas modernos que la lista de requisitos morales de Jesús y los profetas. ¿Quién prefiere a Juan el apóstol si puede tener a Obi-Wan Kenobi? Ciertamente la nave Estrella Real Naboo es preferible al Arca de Noé llena de animales apestosos. ¿Quién quiere a un legislador como Moisés cuando puede tener al dulce y sabio Yoda o al fascinante Dalai Lama? ¿Por qué buscar a San Pablo si el escritor Lucas Skywalker o el sacerdote satanista Anton Lavey nos pueden llevar a mundos fantásticos, galaxias imaginarias… o al paraíso, que posiblemente esté un poquito más allá? Evidentemente preferimos los mitos que hoy nos están alimentando antes que la verdad.

Todo es un triste comentario de cuánto nos hemos apartado de la verdad para ser alimentados por las doctrinas y mitos de los hombres. Fue esta la advertencia de San Pablo a los Colosenses: Que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo (Colosenses 2.8). Es triste que una película de Hollywood cobre más atención y valor que la misma Biblia, la Palabra del Dios viviente.

Un ardiente deseo mío es sacar a cuántos pueda de la falsa creencia en la mitología de nuestros días. Quiero ser como el perro Toto que abre la cortina, no solo para revelarle a «Dorotea» y a todos sus amigos la falsedad del idealismo salido del Hollywood (o de otras fuentes modernas), sino para demostrar en contraste la real y verdadera gloria del incomparable Dios. A pesar de ser virtualmente desconocido —a consecuencia del bagaje espiritual sobrecargado de distorsiones en nuestros días— Él sigue siendo el glorioso, eterno, Jehová de los ejércitos, el Dios que siempre será Más que maravilloso.

Dios y el porqué del sufrimiento
Nuestros dolores no merecen el nombre de sufrimiento. Cuando considero mis cruces, infortunios, tribulaciones y tentaciones, veo mi vergüenza y mi pena enormes, y me doy cuenta de lo insignificante que son en comparación con los sufrimientos de mi bendito Salvador. (Martín Lutero)

¿Qué papel juega el dolor y el sufrimiento en nuestras vidas?
En mayo de 1999, asistí a un banquete en el que se le pidió a la muy conocida autora Joni Eareckson Tada, que pronunciara unas palabras. Con cara risueña y resplandeciente, la hermosa mujer cuadriplégica relató algo acerca de sus luchas.

Indicó que le había pedido a Dios que cuando llegara el momento de ir al cielo, también llevara su silla de ruedas. Una vez allá, la rodaría hasta colocarla al lado de Jesucristo y, con gran gratitud, le daría gracias por esa silla en la que pasó tantos años de miseria.

Dirigiéndose al público, entonces, indicó que si no hubiese sido por esa silla que, al parecer, llegó a amoldarse a su frágil e inmóvil cuerpo, jamás habría llegado a amar a Cristo con todo su corazón. Sin esa silla jamás habría buscado sus caminos. Sin ella no hubiera llegado a aprender ni a estudiar su gloriosa Palabra. Jamás habría buscado servirle, a pesar de su condición física. Esa silla le hizo entender y apreciar la gran agonía y el dolor que el mismo Jesucristo sufrió para perdonar los pecados del mundo. Esa silla le permitió ser partícipe de sus sufrimientos, dándole el deseo de ser como Él.

Joni terminó su relato afirmando que cuando reciba ese cuerpo nuevo, glorificado —parecido al de Jesús— le dirá al Señor que, por favor, le dé una gran patada a la silla que la mande al infierno.

Juan Calvino decía que podía descansar tranquilamente porque sabía que «la mano de Dios estaba sobre el timón del mundo». El caso es que nosotros, aun viviendo entre la violencia, el caos, el desorden y la maldad, pensamos tener motivos para dudar de tal concepto. Si es en verdad Dios el que controla todo, necesitamos algunas evidencias para poder aceptar esa doctrina de la providencia divina. ¿Cómo es posible que Dios lo esté controlando todo? ¿No será más bien que Satanás, con sus huestes de iniquidad, ha deslizado toda esa terrible avalancha de mal que sufrimos?

Procuremos hallar respuestas satisfactorias. Sin embargo, no queremos minimizar las objeciones que se presentan contra la soberanía de Dios. Por ejemplo, muchos en Miami (en agosto de 1992) sufrimos la pérdida de nuestros hogares cuando fuimos víctimas del huracán Andrés. Luego, en 1998, el huracán Mitch arrasó gran parte de Honduras, Nicaragua y otros países centroamericanos. ¿Cómo explicar las causas de esas tragedias? ¿Por qué tuvo que sacudir un terrible terremoto —que enterró a miles de personas— a la ciudad de Armenia, en Colombia, dejándola en ruinas aquel fatídico enero de 1999? ¿Cómo interpretar el diluvio devastador que descendió sorpresivamente sobre el Estado Vargas, Venezuela, la noche del 15 de diciembre de 1999? ¿Estuvo Dios detrás de todo ello?

Hay otros tipos de mal también. En la Ciudad de México un pastor amigo tomó un taxi para ir al aeropuerto. En el camino, el taxista detuvo el auto en cierto lugar. Allí, él y sus compañeros golpearon al pastor, le robaron cuanto tenía y lo dejaron abandonado en las calles de esa enorme ciudad. ¿Cómo puede eso ser la voluntad de Dios?

Un día, una fiel cristiana estaba haciendo su trabajo rutinario en la casa, cuando tocaron a la puerta. Sin sospechar nada ni preguntar siquiera, la dama abrió. Un sujeto, con la cara cubierta con una máscara, la empujó, la ató, le robó sus cosas de valor y, además, la violó. Si hay un Dios que controla a este mundo, ¿cómo puede permitir tales cosas?

En todos estos casos, ¿dónde estaba el ángel del Señor que acampa alrededor de los que le temen y los defiende? En otras palabras, en los casos en que más lo necesitamos debido a las tragedias y sufrimientos que nos asolan ¿dónde está Dios?

No es que queramos dudar de la soberanía divina, es que desde cierta perspectiva, penas como las mencionadas parecen ser obra más bien del demonio que de un Dios amoroso y justo. Además, si todas las cosas estuvieran bajo su soberano control, ¿no sería propio esperar que por lo menos diera alguna protección especial a aquellos que nos llamamos sus hijos? Si es que se nos pide creer en la absoluta soberanía de Dios, convendría tener algunas respuestas a estas inquietudes.

El intento teodícico
A través de las edades, muchos han tratado de comprender el problema del mal. ¿De dónde viene lo malo? ¿Podría venir de Dios? ¿Será el diablo su autor? ¿Por qué sucede? ¿Por qué tenemos que sufrir? ¿Qué tiene Dios que ver con el mal?

No hay duda que la iglesia está dividida en cuanto al tema. Algunos aseveran que el dolor y el sufrimiento vienen del maligno; otros afirman que proviene de Dios a consecuencia del pecado, y que es parte del plan divino. Comencemos el estudio repasando algunos de los argumentos que planteó un famoso filósofo y matemático, Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716).

Reconociendo que Dios tiene que ser soberano —si es que es Dios— Leibniz trató de defender y justificar las acciones de Él respecto al mal. Y estableció una distinción entre tres tipos de males: moral, físico y metafísico. Él explicaba que el mal moral es el producto de seres humanos que escogen deliberadamente pecar contra las leyes de Dios. El mal físico, afirmaba, es todo aquello amoral que sufrimos en el mundo; por ejemplo, las calamidades que ocurren sobre la tierra —terremotos, huracanes, diluvios, avalanchas, epidemias, plagas, etc.

Leibniz explicaba el mal metafísico acudiendo a la finitud de todo lo creado, argumentaba que lo finito lógicamente tiene que ser inferior a lo infinito. Por necesidad, entonces, al ser la creación finita, el mundo tenía que ser imperfecto y, hasta cierto punto, compuesto de lo «malo». Dios pudo haber creado varios mundos, decía el filósofo, y hacer uno exclusivo en el que no hubiera mal alguno. Tal clase de mundo, sin embargo, hubiera requerido seres que no pecaran —por lo que tendrían que ser meros títeres. Al darle al hombre libre albedrío, tuvo que crear un mundo imperfecto, ya que tenía que permitirle a lo finito expresarse como quisiera. Por tanto, Dios creó el mejor mundo posible, uno en el que podría existir el mal.

«Porque es Dios —razonaba— y debido a que tiene la capacidad de ver todo desde una perspectiva eterna, hizo a nuestro mundo lo mejor que pudo bajo esas circunstancias». 1 Esa conclusión, aunque parece erudita, choca con lo que enseñan las Escrituras, pues niega la perfección de la creación. La Biblia nos dice: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. 2 El hombre y el universo fueron hechos perfectos, sin pecado y sin mancha. Es más, el hombre fue hecho a la misma imagen de Dios. No fue hasta el momento de la tentación que cedió y escogió deliberadamente hacer el mal, ¡convirtiéndose en pecador! 3

Aunque discrepamos con Leibniz, dos de los términos que él usó nos pueden ayudar a clasificar las áreas malignas. El primero es el mal moral, que comprende las acciones pecaminosas y dañinas de nosotros los seres humanos. El segundo es el mal físico, tratándose de la naturaleza (algo amoral) y lo que esta desata sobre la tierra —torbellinos, huracanes, terremotos, sequías, epidemias, etc. Escogeremos estos dos términos para hacer las mismas distinciones.

¿Por qué sufren los justos?
Comencemos analizando al sufrido Job. Repentinamente este siervo de Dios pierde todo lo que tiene y, para colmo, sufre una grave enfermedad que por poco lo consume. Algo tan terrible como lo acontecido necesariamente requiere un motivo o justificación. Job, opinaríamos, tiene que haber hecho algo horrible para merecer tan increíble juicio. Ante tal conclusión, nos sorprende la observación del propio Dios que afirma que Job era hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. ¿Cómo justificar tan horribles acontecimientos en la vida de un hombre inocente?

Leyendo la historia con cuidado descubrimos que Job es la víctima ingenua de un encuentro entre Dios y Satanás. Es como si se nos abriera una cortina para que Dios nos muestre la verdadera guerra espiritual que se libra en los cielos. Los protagonistas son  Dios y sus ángeles. Los adversarios son Satanás y sus huestes malignas. Job —como a veces nosotros— es una simple víctima de la guerra celestial, que ni tiene noción de lo que ocurre. El espectáculo nos obliga a preguntar: ¿Cómo puede Dios ser justo y permitir tal cosa? Veamos.

Satanás se acerca al trono de Dios acusando a Job de servirle interesadamente —por todas las bendiciones que Él da a los que le siguen. Arguye que si Dios le quitara esas ricas bendiciones, Job le daría la espalda, al punto de blasfemar su glorioso nombre. Alarmados, vemos que Dios le da a Satanás el permiso para hacer lo que este quiere, con la única limitación de que no le quitara la vida al pobre e indefenso Job.

De inmediato Satanás muestra su diabólico carácter. En un solo día desata sobre el patriarca un desastre tras otro. Primero, los sabeos matan a toda su servidumbre a filo de espada. Luego, con un implacable fuego misterioso acaba con todas sus riquezas, quemando a sus ovejas, ganado y camellos. Termina deslizando sobre los hijos de él un furioso torbellino sin que ninguno lograra salvarse. Su crueldad no tiene fin. Nótese cómo le hace llegar la noticia a Job. Los mensajeros se presentan, uno tras otro, acumulando las noticias devastadoras ante el pobre Job —lo suficiente para darle un infarto al corazón allí mismo.

Pero, como siempre, Satanás sale perdiendo. Dios está tan confiado en Job que permite todo ese inmerecido dolor en la humanidad de su siervo. Sabe que Job seguirá amándolo y confiando en Él. En vez de blasfemias, de la boca de Job salen las dulces y ricas palabras: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. 4

Satanás, sin embargo, no se da por vencido. Se le ocurre otra perversa idea —¡el hombre todo lo da por su salud! Monstruosamente, le pide permiso a Dios para quitarle la salud a Job. Lo enferma con lo que algunos médicos creen que fue una combinación de lepra y elefantiasis. Así lo vemos, a través de las Escrituras, lleno de úlceras, sarna, rascándose con un tiesto, buscando cierto acomodo en un nido de cenizas. Movidos por repugnancia ante tal desgracia, no podemos creer las palabras de Job: ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?

Es como para gritar desgarradoramente: ¿Cómo puede Dios permitir eso? ¿Cómo puede consentir un dolor tan oprobioso en uno de sus fieles? No es posible ver más. Queremos que se cierre la cortina, que termine tan sórdida escena.

Alguien pudiera decir: «Pero no fue Dios el culpable, ¡fue Satanás!» Leamos con mucho cuidado lo que el Altísimo declara respecto al caso: Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste [a mí] contra él para que [yo Dios] lo arruinara sin causa? 5

Si en algo nos ayuda el libro de Job es precisamente a mostrarnos que, por ser el Creador, Dios en su soberanía puede permitir lo que crea mejor para cualquiera de sus hijos. 6 A la vez, vemos el corazón y el carácter del bondadoso y amoroso Padre Celestial cuando en la escena final beneficia doblemente a Job. Satanás siempre termina totalmente derrotado, sus estrategias son vencidas por la fidelidad y lealtad del seguidor de Jesucristo.

¿Quiénes somos nosotros para cuestionar las acciones de Dios? Este es el gran argumento de Pablo ante el misterio de los divinos actos: ¿Quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? 7

Y ya que hablamos de Pablo, pensamos en lo que este gran apóstol sufrió por su fidelidad a Dios: He recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez… 8

Nada de ese dolor es a causa de algún pecado personal, más bien es debido a su amor a Jesucristo.

Saltamos así a los evangelios. Allí vemos a otro hombre. Él es puro, santo y sin mancha. ¿Habrá existido alguien sobre la faz de la tierra que menos merezca castigo que Jesucristo? 9 De Él leemos: Fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos…. 10

En este mundo inseguro y violento, sabemos que Jehová guiará nuestra salida y nuestra entrada ahora y para siempre. 11 En medio de todo el dolor que se sufre, Dios está velando para que no nos sobrevenga ninguna tentación que no sea humana. Él es fiel para que no seamos tentados más de lo que podamos resistir. Es misericordioso, para darnos juntamente con la tentación la salida, de modo que podamos soportarla. 12

Al comprender que el dolor es parte de la vida es que buscamos propósito en cada suceso y circunstancia. Aprendemos a decir con Pablo: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 13 Vemos que Dios usa aquello que llamamos malo para forjar nuestro carácter y conformarnos a la imagen de Cristo.

Dios nos muestra una vez tras otra, que para los que creen en Él todas las cosas [aun el dolor más severo] ayudan a bien, a los que conforme a su propósito han sido llamados. 14

Dios, creador de todas las cosas
No hay nada que nos intrigue más que la doctrina de la creación. Nos obliga a contrastar a un Dios —que no podemos ver y que nunca tuvo principio— con algo increíblemente grande —que si podemos ver— y que por toda la evidencia científica tuvo que tener un comienzo. Si tomamos toda la extensión de lo creado, y le añadimos tiempo, espacio, y masa, nos quedamos atónitos ante la totalidad de lo que todo eso representa.

Por ejemplo, la estrella más cercana a nuestro sol es Alfa de Centauro y está a 4.3 años luz de lejos (cualquier chico en secundaria nos multiplica la velocidad de la luz —299 792,5  kilómetros por segundo— por los 4.3 años de segundos y nos informa que esa estrella está solo a 15.625 billones de kilómetros). ¡Y esa es la más cercana! ¿Qué diremos de las galaxias que en años recientes se han descubierto y que están a unos 9 trillones de kilómetros?

La inmensidad del mundo (en términos de distancia), la inmensidad de toda la masa (peso, materia) que cada estrella y planeta representa —incluso el nuestro—, y la cuestión del tiempo que llevó para que todo eso existiera es lo que causa los grandes debates científicos. ¿De dónde vino toda esa materia física, materia que es indispensable para que cada cosa exista? ¿Cuánto tiempo —años, milenios— llevaría formarlo? ¿Cuál fue la primerísima cosa formada? ¿Para qué fue formada?

Contestar esas preguntas es lo que le hace a los filósofos arrancarse el pelo. ¿Han notado que casi todos son calvos?

Tómese, como otro ejemplo totalmente distinto, el caso de la Araña Europea. Esta pequeña criatura hace su morada en el fondo de los lagos. Como cualquier araña, tiene que respirar aire. ¿Cómo hace para poder vivir en el fondo del lago? Eso le llevó a los científicos a observar sus maniobras. Descubrieron que la genial arañita llega a la superficie y da un salto mortal, chupando aire en ese peculiar esfuerzo. Ese buche de aire lo lleva al fondo y lo vacía bajo el tejido de una telaraña especial que ha forjado. Viaje tras viaje hace a la superficie hasta llenar esa cúpula de aire. Ahora, allá abajo vive y cría y atrapa su comida. Apenas hace unos pocos años que esta criatura fue descubierta, pero allí ha estado por siglos, observada y disfrutada por el gran Creador.

Bien podríamos preguntar, ¿qué propósito sirve tal criatura? El Salmista nos responde: He allí el grande y anchuroso mar, En donde se mueven seres innumerables, Seres pequeños y grandes…Todos ellos esperan en ti [Dios], para que les des su comida a su tiempo. Tú les das, ellos recogen; abres tu mano, se sacian de bienes (104.25-28). Maravillosamente este pequeño insecto verifica la observación de Anselmo: «Dios hace perfectamente lo que más le place, y todo lo que hace sigue un orden perfecto, no solo en un sentido racional, pero perfecto también por su singular belleza».

Leí en la revista National Geographic (ejemplar de mayo, 1999) acerca de la increíble inteligencia de los cuervos. Por ejemplo, desde el cuarto de su hotel Jean-Pierre Germain, comerciante haciendo negocios en el oeste de Canadá, vio a un perro encadenado y a un cuervo a penas a unas pulgadas de su hocico embromándolo. Mientras este entretenía al perro, otro cuervo se comía la comida del perro. Pero aun más curioso, al rato los cuervos se cambiaban de lugar, y así entre los dos se comían la comida del perro.

Cuenta Karen Nelson de Alameda, California, que de niña se entretenía viendo a los cuervos arreglarse la comida. Resulta que recogían nueces de los árboles, y esperaban hasta ver venir un automóvil por la calle. Uno o dos cuervos entonces tomaban unas nueces y, volado hacia el auto, las dejaban caer. Cuando las llantas del auto las arrollaban partiendo las cáscaras, los cuervos entonces celebraban su banquete.

¡Cuántas cosas habrá en el mundo para celebrar la grandeza de Dios en su creación! Además, quedan maravillas estelares que los poderosos telescopios espaciales todavía no han enfocado; seguramente habrán curiosos microbios que aun los más poderosos microscopios no han revelado; quedarán aun misterios increíbles escondidas bajo el hielo y la nieve cisandina, y fenómenos todavía por descubrir en los abismos subterráneos del mar. ¡Todos son productos y prodigios de la mente de Dios, asombrosas creaciones que él ha hecho sencillamente para complacerse a sí mismo!

Un artículo de Douglas Chadwick captó mi interés, tratándose de las enormes ballenas de la especie “jorobadas”, animales que cuando llegan a ser adultos miden unos 17 metros de largo, pesan 40 toneladas, y con gracia y fluidez navegan los mares del mundo. Douglas pasó varias semanas en las islas hawaianas, Maui y Lanai, precisamente para estudiar las canciones cantadas por estas ballenas. Bajó un micrófono a unos metros debajo del barco que usaba y captó la música en una grabadora. Dijo: «Podíamos oírlos cantar por los audífonos, pero en realidad no era necesario. Se podía oír reverberando a través del casco del barco y sobre las propias olas del mar. Primero se oía un bajo que retumbaba como si fuera la octava más baja de un órgano de una catedral, gradualmente cambiando a quejidos lamentoso, y por fin  terminando en chillidos como los que emiten los globos cuando se le estira la boca para que le salga el aire. Parecía que las notas cantadas se construían en frases y esas frases en temas que se repetían, algunas durando 30 minutos, sin duda la música más compleja creada por el mundo animal». 15

Portentos como el que acabamos de leer obligan al salmista exclamar: Alabad a Jehová desde la tierra, Los monstruos marinos y todos los abismos; El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, El viento de tempestad que ejecuta su palabra; Los montes y todos los collados, El árbol de fruto y todos los cedros; La bestia y todo animal, reptiles y volátiles (Salmo 148.7-10).

Dios crea lo que quiere, y gobierna lo que crea, sencillamente porque es inigualable en su poder. No lo hace por necesidad, sino por deseo. El pastor-teólogo, John Piper 16 nos da cinco razones del por qué:

La obra de creación no es meramente una obra del Padre, como que si tuviera que satisfacer una necesidad que el Hijo no podía suplir. Ni tampoco es la obra del Hijo como que si Él necesitara algo que el Padre no podía suplir.  [La creación] es la obra de ambos… creando para [satisfacer] la gloria que siente cada uno en el otro.
•  Dios se gloría en las obras de la creación porque le alaban a Él.
•  Dios se deleita en las obras de la creación porque expresan su incomparable sabiduría.
•  Dios se gloría en las obras de la creación porque revelan su inigualable poder.
•  Dios se gloría en las obras de la creación porque estas nos llevan a apreciar la hermosura de Su divina persona.

Algo parecido nos dice David en el Salmo 8, maravillándose del hecho, que en su voluntad nos creó a los hombres sencillamente para poder regocijarse en nosotros. Recordamos que, complacido en la perfección de Adán y Eva antes de que pecaran, exclamó que esa creación especial que había hecho era «bueno en gran manera» (Gn 1.31).

Dios, y sus grandes atributos
El primer y grande mandamiento es este: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma y de toda tu mente. No obstante, ¿Cómo es posible amarlo si en realidad no lo conocemos? ¿Podemos amar a alguien sin conocerle? ¿Es posible manifestarle un sentimiento tan íntimo y puro a un ser con el que no tenemos comunión?

Recuerdo mi primer amor. Se llamaba Betty. La idealicé, al punto de que llegué a creer que era maravillosa. Era muy bonita, simpática y adorable. Ambos teníamos 15 años de edad. Todas las tardes, a las 4:30, nos encontrábamos en un florido parquecito contiguo a la secundaria.

Un día, locamente enamorado, decidí ir más temprano de lo normal. Quería estar en el lugar de nuestros encuentros para soñar un rato antes de que llegara el objeto de mi narcosis. Al acercarme, oí un cuchicheo como de dos voces. Una de ellas me pareció extremadamente familiar, por cierto. Pero, ¿de quién era esa otra voz, la de un hombre? Apresuré mis pasos y me dirigí a un arbusto sigilosamente sin pensar que descubriría algo que me afectaría en lo más profundo. ¡Cuál no fue mi sorpresa al encontrar a mi idealizada Betty en los brazos de otro hombre!

Con qué rapidez rehice mi lista de sus atributos. En un instante, en vez de linda, me pareció horrible. ¿Buena? De eso nada. ¡Traidora y engañadora es lo que era! Con el corazón partío, como dice la canción, me dije: «¡Nunca más trataré con mujeres!» (Resolución que no duró mucho, por cierto.) Luego, con la rabia del consecuente descontento, hallé consuelo al reconocer que estuve enamorado solo con el concepto del amor. Porque si de veras se ha de amar a una persona, primero hay que conocerla.

Unos años más tarde me enamoré de Carolina. Ahora, un poco más sabio, me aseguré de que mi raciocinio no fuera desplazado por los volubles sentimientos del corazón, y que la belleza de esta hermosa mujer que tenía delante de mí fuera más profunda en su interior que en su apariencia externa.

El verdadero y duradero amor —sea con quien sea— está compuesto con el cemento de una profunda e inquebrantable entrega a alguien que es cabalmente conocido. Decía Sebastián de Grazia: «El teólogo tiene la razón. ¿Por qué no admitirlo? Más que cualquier otra cosa, lo que el mundo necesita es amor». De acuerdo. Necesitamos amor. Y el más importante, al que se refiere el teólogo es el amor a Dios.

Amar a alguien que vemos —hombre, mujer, niño, tío, abuela, madre, padre—, tiene su lógica. Pero… ¿amar a Dios? ¿Cómo se le ama cuando no se le puede ver, cuando no se le puede sentir, cuando no se le puede oír?

A su vez, ¿cómo podemos decir que no se siente a Dios, no se ve a Dios, o no se oye a Dios? Dios se hace sentir, oír y ver todos los días. Lo vemos en su Palabra. Lo oímos en su Palabra. Lo sentimos en su Palabra.

El problema de muchos hoy es que prefieren la voz sonora de un evangelista famoso saltando, gritando, y corriendo de un lado al otro en un programa de televisión, que sentarse tranquilamente con la Palabra de Dios para recibir los consejos que nos da, por ejemplo, la carta a los Filipenses. Prefieren sentir un hormigueo en la piel leyendo barbaridades narradas por alguien que afirma haber ido al cielo o al infierno, que deleitarse en el estudio de las parábolas del glorioso Jesús.  Prefieren imaginarse frente a alguien que les sopla y les hace tambalear y caer al piso, en vez de inspirarse con un pasaje interesante del evangelio de Juan.

Leer y estudiar la Biblia, al parecer, no es muy emocionante. Es más, a muchos ¡les parece aburrido! Preferimos que nos entretengan hábiles personajes. Pero, si en verdad hemos de conocer a Dios, lo haremos de la misma forma que lo hicieron todos los grandes desde Jesucristo: leyendo y estudiando la Palabra que Él escribió. No hay otra manera. Conocer a Dios requiere ese paso muy particular. A Él se le conoce únicamente en el bendito libro donde escogió revelarse. 17 Cualquier otra fuente en que lo busquemos terminará en un frustrante vacío. Usted podrá conocer, saludar, y disfrutar a los personajes famosos del mundo cristiano, pero al hacerlo solo los habrá conocido a ellos y lo que ellos hayan dicho de Dios, no a Dios en su gloriosa persona. Si en verdad quiere conocer a Dios, lo hará a solas. Dios se muestra a aquellos que lo buscan en su gloriosa Palabra; allí es donde Él se da a conocer abundantemente.

En Venezuela, una joven me preguntó: «Señor Thompson, soy cristiana hace dos meses. Quiero crecer para ser una mujer que verdaderamente ame a Dios. Por favor, ¿podría darme tres secretos para alcanzar esa meta?» En la libreta de notas que me extendió, escribí:
1. Leer la Biblia todos los días hasta llegar a amar profundamente a su bendito autor.
2. Obedecer de inmediato todo lo que Él le ordene.
3. Cuidar su corazón constantemente para no pecar contra Él.

Píenselo bien. ¿Habrá otro camino para conocer a nuestro gran Dios? No se deje llevar, entonces, por sustitutos atractivos, que no son más que eso, sustitutos al fin de cuentas.

Cuando leemos la Biblia con cuidado, ¿qué podemos conocer acerca de Dios? En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. 18

¡Eso sí que es amor! Es el gran atributo de Dios. Difícil de explicar es el amor de Dios, pero es muy glorioso y real. Es a cuenta de ese incomparable amor que usted y yo nos sentimos tan seguros como hijos y miembros de su bendita familia. ¿Habrá manera alguna de ilustrarlo?

Max Lucado, en uno de sus inimitables relatos, nos ayuda a apreciar ese amor tan grande, del cual somos inmerecedores. 19 Él cuenta esta historia verídica de Brasil.

Cristina y María, su madre, vivían solas en una pequeña casita en las afueras de Río de Janeiro. La joven acababa de cumplir los quince, y sabía que su madre se había sacrificado demasiado por ella. Ya era hora de asumir sus propias responsabilidades.

María trabajaba fuera de casa. Ganaba poco, pero lo suficiente para vivir con sencillez. Enviudó poco después de nacer Cristina. Por cierto, tuvo varias propuestas de matrimonio, pero María prefería una vida sin compromisos, ya que el placer de su vida era criar a su hija. Sin embargo, una vez que cumplió los quince, notó que Cristiana comenzaba a quejarse de sus limitaciones y a portarse inquieta. María se desvelaba muchas noches, escuchando a su hija intranquila en su cama, y tratando de imaginarse lo que sería la vida sin Cristina.

Varias veces trató de hablar con ella, de advertirla de los peligros del mundo, y de asegurarle de que no tenía por qué irse. Intentó convencerla de que lo que ella ganaba bastaba para las dos, de que al terminar sus estudios conseguiría empleo, y de que entre las dos podrían mejorar la casita y vivir mejor que todos los vecinos.

Un día, ocurrió lo esperado. Al regresar a su casa después de la jornada de trabajo, no halló a Cristina en ella. Lo único que había dejado era una nota que simplemente decía: «Mamá, lo siento, pero tengo que vivir mi propia vida. No te preocupes, de alguna forma me las arreglaré. Gracias por todo lo que has hecho por mí. Te quiero mucho, Cristina».

Esa noche María no pudo dormir. En la mañana pidió unos días de vacaciones y se fue en busca de su hija. Sabía que Cristina tenía muy poco dinero y que una vez agotado, desesperada, haría cualquier cosa para comer. Rumbo a la gran ciudad de Río, María desconocía a dónde ir, ni dónde comenzar la búsqueda. Llegando al centro, bajó del autobús, sin saber si ir a la derecha o a la izquierda. En eso vio al frente de ella un pequeño estudio de fotografía y se le ocurrió una idea.  Se tomó una foto, y con el poco dinero que tenía, compró cuantas copias pudo. Comenzó a deambular por las calles, entrando en bares, hoteles, cantinas, centros de prostitución, y a todo lugar donde se imaginaba que Cristina pudiera estar. En cualquier lugar visible —el espejo de un baño, al pie de una ventana, en los cristales de los pasillos, encima de cuadros o pinturas—María pegaba una copia de su foto, con una nota escrita al dorso.

Una vez que las fotos y el dinero se agotaron, María tomó el ómnibus de regreso a su solitaria casa, trabajando de día y pasando las noches bañada en lágrimas. De sus labios temblorosos constantemente brotaba una palabra: «¡Cristina! ¡Cristina! ¡Cristina!» Su corazón parecía explotar de dolor: «Dios mío, —imploraba— ¡que Cristina encuentre una de mis fotos!»

Pasaron varias semanas. Un día, Cristina bajaba por la escalera de un hotel. Su cara ya no parecía la de una inocente quinceañera. Sus ojos ya no chispeaban con la energía juvenil. Lucían tristes, cansados y llenos de temor. De sus labios solo escapaban sollozos. Ese sueño dorado que engañosamente le había convencido de una vida de lujo y placer, ahora se había convertido en una espantosa pesadilla.

Llegando al fondo de la escalera, sus ojos atormentados captaron la vista de una cara conocida. Se acercó al pequeño espejo del pasillo para ver mejor. ¡Allí, pegada, estaba la foto de su madre! Sus ojos se llenaron de lágrimas. Sintió su garganta seca. Extendió una mano temblorosa para agarrar la foto. Le dio vuelta y leyó: «No importa lo que hayas hecho, no importa lo que has llegado a ser. Nada más importa. Solo regresa a tu casa, por favor».

Y Cristina regresó.

¡Qué cuadro tan maravilloso del amor de Dios! ¡El glorioso atributo divino! Dice el apóstol Pablo: Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros. 20 Al llegar a Dios, todos nosotros —parecidos a Cristina— descubrimos ese gran, inexplicable, inquebrantable, e inagotable amor. No importa lo que hayamos hecho, ni dónde hemos estado, ni lo que hemos llegado a ser, ese amor ha sido lo suficientemente grande para alcanzarnos, y llevarnos de regreso a casa.

Notas:

  1. Énfasis nuestro.
  2. Génesis 1.31
  3. Aclaramos que Dios creó a Adán en perfección, «bueno en gran manera», es decir,  sin pecado. El libre albedrío era parte de esa perfección, lo que le hacía un ser autosuficiente. Adán, con su libre albedrío, y sin necesidad alguna, escogió desobedecer. De modo que no fue Dios el que creó el mal, sino el propio Adán. De forma parecida el ángel Lucifer abusó del libre albedrío con que fue dotado. Por haberle dado a Satanás libre albedrío no podemos hacerle a Dios culpable del mal que hizo. El mismo Lucifer, sin necesidad alguna y voluntariamente, pretendió el trono de Dios. Por su propio pecado se convirtió en Satanás y fue echado del cielo. ¿Culparemos a Dios por haberle dado libre albedrío?
  4. Job 1.21
  5. Job 2.3
  6. Job 42.1-6
  7. Romanos 9.20-21
  8. 2 Corintios 11.24-27
  9. Isaías 53
  10. Hebreos 2.9-10
  11. Salmo 121.8
  12. 1 Corintios 10.13
  13. Romanos 5.3-5
  14. Romanos 8.28
  15. Douglas H. Chadwick, “Listening to Humpbacks” (Escuchando a las ballenas jorobadas), revista National Geographic, julio del 1999, p. 111.
  16. Ibid, pp. 88-94 (John Piper es uno de los más reconocidos teólogos de hoy en día, es pastor Bautista en Minneapolis, Minnesota).
  17. La Biblia nos enseña que a Dios lo conocemos por la revelación que nos da a través de la naturaleza (Ro 1.19-21), de su persona en las propias Escrituras (Jn 5.39; Lc 24.27), y de Jesucristo, Dios encarnado (Jn 14.9-11; Heb 1.1,2). Decimos que solo se conoce a Dios en la Biblia porque únicamente en ella se aclara lo que se sabe de Dios en la naturaleza y por medio de Jesucristo. Sin la Escritura no tenemos una clara definición de Dios.
  18. 1 Juan 4.10
  19. Autores varios, Stories of the Heart, Multnomah Press, Portland, Oregon, selección de Max Lucado, pp. 145-147. Me tomé la libertad de condensar y poner el relato en mis propias palabras.
  20. Romanos 5.8
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